I. El hueso del Ser.
Aquí, en el lugar cierto de la sombra, donde el espejo es ya solo cristal roto, permanece el existir, esta condena de ser la luz que sabe de su lodo.
El alma no es un pájaro, es el hueso del fruto que se pudre sin saberlo; una humedad pegada al cuerpo obeso de la memoria que no halla el consuelo. Sentir es el reverso de la calma, la aguja que enhebró la propia vida con el hilo sin fin de una herida que no sangra hacia afuera, sino en el alma. Y se pregunta el ser, ¿por qué esta carne, este regalo inútil que se parte?
II. El derrumbe y el rostro ajeno.
Hay un instante exacto en que la mente, harta de ser la forma, el molde frío, se rompe en el jardín, indiferente a las palabras que le dio el estío. Es la locura, sí, la desnudez final, no un grito, sino el cese de la forma, el dulce horror de ser ya desigual a la figura que la gente toma. El dolor se hizo espejo, y ese rostro que me mira de frente es el de nadie; solo la luz que cae sobre un rastro de ceniza que vuela sin que la agarre la mano que ya olvida que fue suya, mientras el mundo pasa, y no lo ahúlla.
III. La última claridad.
Y queda la promesa, la que calla, la certeza de ser la tierra a oscuras, la muerte, ese final que no desmaya y que termina con todas las figuras. Ella es el pacto, el fin de la comedia, la paz real, sin metáfora ni prisa. La muerte es la verdad, no la tragedia, el único regreso, la ceniza. Y no temo al vacío, ni a la fosa, sino a esta luz postrera, esta manía del cuerpo que se agarra a cualquier cosa antes de ser silencio y tierra fría. El alma, al fin, deshecha su equipaje, y el tiempo se detiene en su paisaje.
Inspirado en Francisco Brines. Uso IA.
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