domingo, 14 de diciembre de 2025

El viaje de la semilla oscura.

El sendero, amigo, no es de mármol pulcro,

sino un hilván de niebla bajo el sol escaso.

Existir es la carga del viajero pulcro,

el mandato ineludible del primer abrazo.

El alma no es un cuenco de agua serena,

sino el pozo hondo que busca lo olvidado.

Bajo el sol de mediodía, la sombra es plena:

el dolor del alma es el canto del exiliado.

Es la cuerda tensa que el corazón no olvida,

la sed de otra orilla, de un jardín sin valla,

donde la verdad no duela ni se mida,

y el espíritu no sea siempre una batalla.

Y llega el tiempo gris, el roce de la bruma,

donde la lógica es un libro carcomido.

La locura no es fin, es solo una espuma

que el mar del sentido arroja sin sentido.

Es el sabio que danza bajo el farol roto,

el que escucha al narciso que la tierra esconde.

¿Qué es cuerdo sino el eco, el reflejo ignoto

de un mundo que en su cifra nunca nos responde?

¡Oh, el bendito olvido de la recta norma!

Romper los barrotes de la cárcel de la razón,

ser el lobo estepario en su más pura forma,

un eco sin cuerpo, libre de prisión.

Mas la espiral no cesa, el péndulo ya cruje,

y el viaje oscuro tiene su estación final.

La muerte es el único pacto que no aduce

el alma fatigada, el sueño más cabal.

No es el fin de la luz, sino el regreso al hálito,

al vientre de la madre, al Todo que dormita.

Es el sol que se hunde, cumpliendo su hábito,

para ser la estrella que desde lejos nos invita.

Solo al cruzar su umbral, la vida se devela;

el dolor se disuelve en el vasto silencio.

Somos la gota que vuelve a la procela,

el fragmento que retorna a su primer principio.

Existir fue un grito. Morir es la paz. El alma descansa. 


Al  estilo de Herman Hesse. Uso IA. 

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