El tiempo, esa ficción que nos concede el Hoy (un muro de cristal contra la Nada, acaso), es la primer celada. El Ser, que soy y fui, se desdibuja al tacto, cifra o espejismo.
La existencia es la fe de un ajedrez sin nombre donde el peón, la torre y el ciego alfil de sombra saben que el tablero ya es polvo, ya es olvido. Y sin embargo, juegan.
El alma duele con una aritmética extraña, un teorema de Heráclito o un fulgor de Aleph que dicta la memoria de todos los naufragios. Este dolor no es carne, sino puro metal: la lúcida certeza de ser una moneda cuya efigie se borra en manos del azar.
A veces, la Razón —esa cruel geometría— se fatiga, y el Hombre decide ser su sombra. La Locura es el súbito descarte del espejo, la llave que rehúsa la puerta del hastío. Es el mapa invertido que nos promete el Norte en una calle idéntica y sin fin de Buenos Aires. La cordura era el miedo de saberse no-siendo.
La Muerte, la elegante. La que nunca traiciona. No es el último muro, sino el primer silencio donde el pretérito y el futuro se confunden. Ella clausura el Libro, mas no lo desmiente; y acaso, al fin, al ver su rostro en el crepúsculo, entendamos la trama, el código cifrado: que fuimos meros versos dictados por el Sueño de un dios ciego que juega con infinitos naipes.
Inspirado en Borges, uso IA.